La educación oficial no está en crisis

Publicado: ndUTCp3017UTC06bMon, 02 Jun 2008 20:17:50 +0000UTC 28, 2008 en Periodico Número 2

“Mi abuela quiso que yo tuviera una educación; por eso no me mando a la escuela.”

M. Mead

Hoy se habla de la deficiencia de la educación pública en todos sus niveles, se habla de reformarla, adecuarla a los intereses de la producción y el consumo, de adecuarla a las nuevas teorías y metodologías pedagógicas. Globalizarla y ajustarla, montarla y montarnos por tanto con ella, en la locomotora del progreso. En síntesis, que la escuela pública está en crisis y que necesita una reingeniería. Pero aquella crisis ya viene de largo, de ahí que incurriríamos en un error en seguir llamando a tal fenómeno como hecho actualmente critico. La deficiencia es propia de la estructura en la cual se haya inscrita la escuela. Y es más, es un hecho recurrente el desfase entre enseñanza escolar u oficial y las necesidades sociales prioritarias. Además no sólo se habla de una mera crisis sino de un colapso educativo.

Mas aquí está el error, ya que la escuela ha contribuido y contribuye muy eficientemente a desarrollar y normalizar los prejuicios y la moral propia de un sistema de dominación que pasa como natural y deseable.

La escuela (junto con la familia oficial y el Estado) ha creado nuevas necesidades afines al sistema productivo además de justificar su propia permanencia. Así que sois demasiado ingratos en desconocer su eficiencia. Gracias a ella sois unos grandes patriotas, demócratas y cristianos. Es decir todo aquello que hoy controla, domina y asfixia el mundo, pero que pasa para la gran mayoría como la salvación del mundo. En otras palabras, la escuela ha creado la necesidad que hoy se pide se cubra mediante un sistema educativo eficiente. Y más que ello, ha reproducido los ideales que orientan aquella eficiencia: el amor a la patria, el respeto a la propiedad privada, la producción capitalista y los valores familiares vinculados a éstas, como la defensa de la familia monogámica. Pues ¿no es, acaso, una gran contribución como para tener, a la escuela, en los altares? En este sentido la escuela no está en crisis.

Ante esto hay que absolver otra pregunta: ¿se crítica a la escuela en sí o a su gestión? Pues la mayoría, en la cual se generó en los inicios de la modernidad la nueva necesidad, piensa que es una cuestión de organización. Quieren más y más escuela, más horas de clases, mejores profesores para que sus hijosmercancía tengan el mayor valor añadido, son unos compulsivos educativos extremos… Estos piensan que hay una crisis en este nivel, en la organización y producción de mercancías eficientes y no en los fines de la escuela. Pero si aquello es lo permanente, la ineficiencia, entonces ¿dónde está la crisis? De ahí que resulta la siguiente pregunta: ¿se podía esperar algo más de una educación controlada por el Estado?¿el Estado puede dar algo más que una moral que lo confirme? No. Lo contrario sería echar agua a su balsa y perforarla. Entonces cómo procede. Pues mediante el fantasma democrático-educativo: “la educación para todos”, por un lado. Y el mecanismo de selección y exclusión propio de la escuela, por otro lado.

Es decir, primero todos participan, luego sólo unos llegan a cubrir las etapas (los eficientes, que muchas veces resultan ser los más mediocres). Democracia y capitalismo conjugados en esta dinámica. Por ello no resulta sorprendente que los rezagados o excluidos acepten su condición y vean con envidia a los “adelantados”.

Condición que podrán conseguir ya no ellos, pero si sus hijos y en ello se desvelan al procurar a sus hijos una educación que ellos no tuvieron. Y pues, ¿qué vemos aquí? Nada más que la internalización de una moral dominante. La escuela ha sido tan eficiente en este sentido. Entonces ¿qué esperan las mayorías?, pues mejores alumnos-mercancías. Pero, ¿acaso ya no los produce?. Los mejores siempre suelen ser pocos y además y fundamentalmente el capitalismo tiende a la exclusión. Produce ingentes cantidades de mercancías pero acepta cada vez menos mercancía humana, profesionales-mercancías. Entonces ¿dónde está la crisis? Acaso en las mercancías que aún no salen de las escuelas-fábrica. En sus niveles de violencia, consumo de drogas y afines. No hay ninguna crisis, es así como funciona. Más aún ahora que sus cuadros, sus funcionarios y demás cancerberos y arlequines, los pueden extraer de las escuelas y universidades privadas. Ahorrándose con ello grandes sumas de dinero que orientan al control de la diferencia negadora. Por otro lado se quiere más y más saber como si parte del saber no contradijera sus prejuicios. Inscritos están en el talante cristiano: la verdad os hará libres. Se ve a la verdad como confirmadora de sus principios, y esto ya es problemático. Añado a esto siguiendo los estudios de Nelly, Illich, Reimer y Holt que el conocimiento realmente productivo y significativo empieza cuando salimos del colegio. Todo o gran parte de lo poco que “aprendimos” en la (j)aulas lo olvidamos.

Y entonces ¿Por qué tienen a tanta gente, en tales lugares alrededor de 11 años? ¿Con fines nobles? O ¿con qué propósito? La escuela es ineficiente si queremos verla como una institución transparente. Incluso el mito de la preparación para la vida cae por los suelos cuando sale uno de la escuela “al mundo” tan indefenso como entró en ella y segundo porque el t i emp o q u e p a s ó e n e l l a n o c o i n c i d i ó fundamentalmente con la edad de la “razóninstrumental” sino con la del juego y del descubrimiento, de la espontaneidad y de la fantasía, y no con el aburrido, destructivo y racional mundo de los adulto que es a su vez tan irracional. Además la escuela no ha estado siempre en la historia de la educación. Se presentó fundamentalmente a partir del surgimiento del Estado (aquí se abre otra sospecha) y luego se ha venido modificando con las formación de nuevas estructuras mentales y económicas. Y aquí ya es pertinente hablar del desarrollo del Estado-Nación y el papel de la escuela y sus elementos en él. La modernidad es múltiple pero una tendencia resultará la dominante. Es la que afirmara la democracia o el basar la autoridad en el pueblo y ya no en la representación de la divinidad en lo temporal. También los dictadores modernos basarán su autoridad en el pueblo, la tradición, en el espíritu nacional, en la unidad nacional, unidad no necesariamente igualitaria. Entonces qué era necesario para esto si las propias sociedades europeas donde se inicia este discurso no eran homogéneas culturalmente: Francia, España, Prusia (ésta ya no existe como unidad política, las otras aún no son totalmente homogéneas).

En primer lugar el idioma era una barrera. En segundo lugar las distancias…esto último se llegó a superar con el desarrollo industrial y lo primero gracias al sistema de educación pública. Y aquí la escuela y el libro fueron los instrumentos (de lo restringido del uso del latín a las lenguas nacionales y sus usuarios, los editores encontraron mayor mercado para sus productos, la nación en este sentido, y no único, vendría a ser producto de la burguesía). Esto es favorecido por una dinámica anterior: el sistema de leva, basado en el vasallaje o en la fuerza con fines de la defensa territorial de las monarquías empiezan a resultar ineficientes por ello se apelará a nuevos sistemas de asimilación, ahora será la persuasión y la identificación con un ideal común distinta a la unidad cristiana, ésta ya en crisis.

Sin embargo no se llega a concreta sino hasta el siglo XVIII con las políticas oficiales de escuela pública. La escuela creará esta unidad en base al fantasma de la nación: la tradición común. La nueva unidad, ahora entre la burguesía en el gobierno y los gobernados, la unidad que configurará será una unidad de propósitos, pero también la unidad imaginada que evite la ruptura y por tanto la eliminación del mercado interno creado por la nueva clase en el poder. La escuela publica también surgirá por la necesidad de tener mano de obra calificada y funcionarios en una sociedad donde ya se permite la movilidad social ascendente. Se creó así, una nueva religión, con nuevos santos: ahora los héroes nacionales; y también nuevos sacerdotes: ahora los profesores y los historiadores. Y nuevos templos: los colegios nacionales, los museos nacionales, las bibliotecas nacionales, los campos de batalla. Los países ahora se asumen como organismos, elementos unitarios. Sin embargo su unidad es una irrealidad, un fantasma. Pero, produce efectos concretos: temor, esperanza y enajenación para unos y riqueza y control para otros.

No hay unidad ni continuidad histórica, ni lo habrá, pero se comportan como si lo hubiera, es fe y los nacionalismos son las religiones modernas. Es en está órbita donde hoy encontramos al colegio o a la enseñanza oficial en general. Es por esto, que resulta obvio que haya algo que no puede negar la oficialidad, algo que sus templos no pueden promover: la negación nacional, la puesta en evidencia que la nación es una enajenación más. Y al ser una enajenación su propia base de justificación es insostenible. Y querer librar al colegio o a la enseñanza oficial, el alfil mayor de aquel proceso, de tal maquinación o proceso desencadenado e incontrolable pero beneficioso para un sector, es intentar lo vano. Recibe nuestras condenas mas sigue venciendo ya que las mayorías la idolatran. Y lo más grave aún es que, así como las demás religiones, no cumple con sus promesas, sus predicciones. El colegio tiene eminentemente un fin político y tratar de liberarnos de la política mediante él es como intentar lograr una sociedad libre mediante una dictadura del proletariado. Por todo ello, reafirmo, la enseñanza pública oficial no está en crisis al contrario es el puntal más sólido y eficiente que mantiene el sistema vigente.

Notas:

I.- Ver: Voltaire. Diccionario Filosófico. Artículo: Educación: diálogo entre un consejero y un ex jesuíta.

II.- Reimer, Everett. La escuela ha muerto. Editorial Guadarrama. Barcelona, 1981.

III.- Anderson, Benedict. Comunidades imaginadas. Fondo de Cultura Económica. México, D. F., 1997. Cap III. El origen de la conciencia nacional, p. 63-76.

IV.- Pérez Vejo, M. Nación, identidad nacional y otros mitos nacionalistas. Ediciones Nóbel. Barcelona, 1999.

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