el retorno de los emigrantes

Publicado: thUTCp3159UTC10bThu, 16 Oct 2008 14:59:23 +0000UTC 28, 2008 en Periodico Número 4

Desde hace ya bastantes años, Europa dejó de ser tierra de emigrantes para abrir sus puertas a la inmigración. Es sabido que el capitalismo necesita de una especie de ejército industrial de reserva, es decir, de masas de trabajadores en la miseria que sean capaces de aceptar las condiciones de trabajo que otros, más concienciados y con un cierto estatus social, no consentirían. La economía europea de la segunda mitad del siglo XX se ha caracterizado por una pujanza económica acompañada de un cierto bienestar social de las clases trabajadoras, que se basaba en la explotación feroz del llamado Tercer Mundo. Cierto que se daban procesos de emigración, pero mayoritariamente entre países europeos con economías más bajas de la media. Así, italianos portugueses, españoles, griegos y yugoslavos marchaban a trabajar a
Inglaterra, Francia, Alemania o Suiza. Los polacos, búlgaros, rumanos y checoslovacos marchaban a la Unión Soviética. Tanto estos inmigrantes como otros no europeos (argelinos, turcos, marroquíes y algún
latinoamericano) llegaban a Europa de forma legal y tenían los mismos contratos de trabajo y las mismas garantías sociales que el resto de sus compañeros. Curiosamente, este sistema sirvió como válvula de escape económico a las dictaduras del momento: Franco y Salazar se deshicieron de mano de obra sobrante a la vez que compensaban la balanza de pagos con las divisas aportadas por sus emigrantes. Las democracias europeas seguían apoyando las dictaduras ibéricas. Los últimos años del siglo se caracterizan por el despegue económico de todos los países europeos, la caída del Telón de Acero y la consolidación de la Unión Europea como un auténtico poder económico mundial, si bien no todos los países integrantes gozan del mismo nivel. Se trataba entonces de acabar con los logros conseguidos por los trabajadores y liquidar el llamado Estado del bienestar. Para ello cuentan con la ayuda fundamental de los sindicatos. Sí, los sindicatos, esas organizaciones creadas por los trabajadores para canalizar y propagar sus luchas pero que fueron totalmente burocratizados y domesticados por sus dirigentes, al servicio de sus intereses personales. Claro que, era de esperar; los anarquistas llevamos diciendo desde hace más de siglo y medio que precisamente el problema social se crea con las jerarquías y los privilegios, y que las organizaciones que quieran acabar con esto no han de reproducir los mismos esquemas en su seno, es decir, que si no tenemos identidad entre medios y fines, siempre seremos vencidos. La cuestión es que con unos indicatos sumisos a la patronal y unos gobiernos, socialdemócratas o cristianodemócratas, empeñados por todos los medios en desmovilizar a la sociedad, se ha llegado a unas cotas impresionantes de destrucción de los logros conseguidos y, lo que es peor, de obediencia y de resignación social. Con la destrucción económica total del llamado Tercer Mundo, han dejado una posibilidad a los trajadores de esos países: la emigración. De nuevo es una ayuda para los gobernantes y burguesías, que se quitan de un plumazo el posible problema de la revuelta de los trabajadores hambrientos. Lo que sucede es que esta emigración no tiene las características de la citada anteriormente. La mayoría de los trabajadores han entrado en Europa clandestinamente y viven sin “papeles”, lo que permite una explotación como en épocas medievales. Esto
consigue un doble fin: por una parte la burguesía sanea sus finanzas y gana más que con la mano de obra del país, por otra, estos trabajadores no pueden reivindicar absolutamente nada, pues serán expulsados por haber entrado en el país clandestinamente. Pero no se castiga a las empresas que contrataron ilegales. En el caso de inmigrantes legales la cosa no es muy diferente, al que reivindica le echan del trabajo, y los sindicatos no le van a defender. Están tan vendidos a la burguesía y al Estado que no defienden a nadie, sólo sus cargos y prebendas. En estos últimos años la economía europea ha mejorado, aunque todavía quieren los burgueses afianzar sus ganancias. Como ya no es necesaria tanta mano de obra extranjera, los gobiernos han decidido una serie de medidas para que los emigrantes vuelvan a sus países de origen, y que sólo queden los más sumisos. En cuanto a los “ilegales”, la cosa se endurece. Ha sido aprobada recientemente en el Parlamento europeo una ley (lo que significa que entra en vigor en todos los países miembros) que ofrece la posibilidad de encarcelar hasta 18 meses a todos los inmigrantes clandestinos, negándoles los derechos de todo detenido. En una palabra, presos que no existen oficialmente, encerrados en campos de concentración para luego ser expulsados a sus países de origen. Sólo de imaginar las condiciones en que serán tratados se nos eriza el pelo. Además de esta medida ya aprobada, lo que está previsto es otra normativa por la que será legal imponer jornadas de trabajo de hasta sesenta horas semanales. Efectivamente, diez horas diarias de lunes a sábado. Y no es raro que acabe aprobándose, pues todos los grupos políticos que votaron a favor de los 18 meses de internamiento (conservadores, liberales, democrata-cristianos, socialistas) pueden seguir avanzando en esta vuelta al Medioevo. Todo esto será así si no peleamos. Sí, la única alternativa que nos queda a los trabajadores, de un país o de otro, de todo el mundo, es la lucha; tenemos que seguir oponiéndonos a la situación de miseria en la que nos encontramos, para construir entre todos un mundo de libres e iguales, donde no existan fronteras, donde no haya explotadores ni dirigentes. Por la anarquía.

Alfredo G.

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