El fantasma divino

Publicado: thUTCp3130UTC07bThu, 16 Jul 2009 04:30:41 +0000UTC 28, 2008 en 533960

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La religión se define como el conjunto de creencias y prácticas relativas a lo que un individuo o grupo considera como sagrado, en particular la divinidad. Hay, fundamentalmente, dos definiciones de lo “sagrado”:

-Todo aquello que con dificultad pueden alcanzar los humanos.
-Cualquier recurso o sitio que asegura de un peligro.
También se define como “un más allá de la comprensión humana que a la vez aterroriza y seduce”.

La divinidad, o dios, se define como el supremo existente, fundamento absoluto del mundo concebido como totalidad de los entes multiformes.

Todas las religiones acuden a estos tres elementos:

-Mitos.- expresión teórica, de estructura imaginativa y narrativa, del contenido de las creencias. La voluntad de comprensión racional de los mitos da lugar a la teología.

-Ritos.- expresión práctica de la comunicación con lo sagrado. En la medida en que significan un reconocimiento de superioridad, constituyen un culto.

-Instituciones.- expresión sociológica de la comunidad espiritual existente entre los que comparten los mismos mitos y los mismos ritos.

En los mitos, los ritos y las instituciones toma cuerpo la actitud específica del hombre en relación con lo que considera sagrado y de lo que espera su salvación.

Esta “salvación”, este “salvar al hombre” constituye, en general, la inspiración y la pretensión fundamentales de toda religión.

Al enunciar esta necesidad de salvación, la religión acepta implícitamente que en la vida del hombre hay algo imperfecto, algo peligroso, algo dañino.

Lógicamente si la divinidad, el supremo existente, ha creado todo, también ha creado esto tan peligroso. Acabamos de toparnos con la primera incoherencia religiosa: Si la divinidad es todo perfección y bondad ¿cómo ha podido crear lo malo? Algunas religiones responden con la figura del diablo, lo malo; ese maniqueísmo bueno-malo no nos sirve, pues en última instancia el tal diablo no ha surgido por generación espontánea, sino que ha sido creado por la divinidad, ya que ésta lo ha creado todo. Instantáneamente nos surge una pregunta: ¿Quién ha creado a la divinidad? La respuesta es muy sencilla a la luz de la razón ya que en el mundo conocido (el desconocido por el mero hecho de serlo es como si no existiera) sólo existe una criatura capaz de crear cosas diferentes a sí misma: el hombre. Es evidente que el hombre ha creado a la divinidad, y a continuación trataremos de demostrarlo.

Desde los tiempos más remotos los humanos sintieron miedo de aquellos fenómenos naturales que no podían comprender ni dominar: las estaciones, la lluvia, el fuego. Al ser incontrolables, se les dio un carácter mágico, superior, inspirador de temor. La religión comienza su andadura en el momento en que algún “listillo” descubre que a la naturaleza no se la puede dominar, pero al hombre sí. Se inventa la teoría de que los fenómenos naturales son la ira de algún ser supremo (generalmente el sol y todo lo referente al calor) que es necesario aplacar por medio de ritos, que dirigirá él, por supuesto, ya que se erige en mediador entre la divinidad y los hombres. Aparecen así dos sujetos inherentes a toda religión que se precie: el culto y los sacerdotes. Dominando las mentes de los hombres, no será dificil dominar sus acciones; surge así el poder teocrático en la comunidad humana, mucho más fuerte que el que había primado hasta entonces: el de la fuerza bruta, aunque en ningún momento aquél prescindirá de éste, sino todo lo contrario.

En las primeras civilizaciones, el poder espiritual y el temporal están estrechamente unidos en la figura de los reyes-sacerdotes.

A medida que el hombre descubría y comprendía los secretos de la naturaleza, le iba arrancando poder a la religión. Pero siempre hubo una cuestión en la que la religión no era desbancada: el origen del mundo. Cada casta sacerdotal inventó su fábula al respecto, se pasó así del animismo a la mitología. Se inventaron una serie de historietas sobre la génesis del mundo, con una diversidad de dioses, todos ellos hijos de uno supremo (o de una triada). En lo que coinciden todas las mitologías es en no aclarar cómo surgió esa divinidad primitiva.

Hagamos aquí un pequeño paréntesis para explicar brevemente la génesis del poder temporal separado del espiritual. Está claro que la teocracia es de alguna forma incómoda en cuanto que puede irse totalmente a pique cuando se producen luchas por el poder. Si se separan los dos poderes, el temporal se hará codiciable y se podrá conseguir por la fuerza, no así el espiritual, que se hará cada vez más hermético e iniciático. Cambiarán los monarcas, e incluso la forma de gobierno, pero la espiritualidad permanecerá aliada al poder de turno, sea el que sea. Los gobernantes tendrán dominio sobre las personas físicas, pero en su mente mandará siempre la religión. Vemos así que tanto religión como gobierno se complementan perfectamente y se necesitan mutuamente.

Siguiendo con nuestro tema principal, trataremos ahora de un paso muy importante en la historia de la religión: el del mithos al logos, es decir, el pasar de la pura fábula al tratado más pensado. Este paso se dio al contactar unas civilizaciones con otras sobre la base del comercio y no, como anteriormente, de la guerra, en la que la religión del vencido era sustituida por la del vencedor. El hombre, al ver en un plano de igualdad a las demás religiones, empieza a darse cuenta de que, aunque cambian los nombres de los dioses, las mitologías cuentan más o menos lo mismo. Se plantea el crear una sola religión que las comprenda a todas. Tarea ardua que no se llegará a realizar nunca, pero que tuvo intentos muy importantes: Akenatón, Moisés, Zoroastro, Buda, Confucio, Mahoma. Todos ellos se plantearon la existencia de un solo dios (monoteísmo), e igualmente coincidían en que este dios tenía su antítesis (el diablo).

El siguiente paso es la fundación de los cuerpos de doctrina, en los que se declara que no hay más dios que el mío, y que los demás son de mentira, por tanto sus seguidores no lo son del mío que es el único verdadero. Igualmente se crea lo que va a ser la rémora más importante contra el progreso humano: los códigos de moral religiosa.

La explicación es simple: el progreso va quitando parcelas a la religión, y ésta se atrinchera en dos campos, el de lo desconocido (que se irá estrechando poco a poco) y el del comportamiento. Cuando se le agote el de lo desconocido, dirá que la “salvación” consiste en tener fe (creer en lo que no se ve).

Las diferentes religiones

La historia de las religiones muestra una gran diversidad de formas religiosas: animismo, culto a los muertos, culto a la naturaleza, religiones mistéricas, fetichismo, totemismo, etc. En el cúmulo de formas religiosas se han distinguido diversos tipos de religiones:

a) Primitivas y superiores: según el estadio de la cultura en el que se encuentran (de pueblos “primitivos” o “civilizados”).

b) Particulares y universales: Según sean propias de un pueblo o destinadas a toda la humanidad, caso en el que tienen carácter misionero.

c) Tradicionales y fundadas: según se basen en la tradición inmemorial o tengan un fundador. Las principales religiones universales (budismo, cristianismo, Islam) son religiones fundadas, y respaldan sus enseñanzas en una revelación o iluminación.

Se han ensayado diversas hipótesis para entender a la vez la unidad y la diversidad del fenómeno religioso, para identificar la realidad profunda de la religión más allá de las evidentes diferencias, y pensar la historia religiosa de la humanidad como un todo.

Desde el siglo XVIII hasta comienzos del XX se dan cuatro concepciones principales:

a) La concepción ilustrada, para la que la “religión natural” sería la dacantación racional del pasado religioso de la humanidad (de hecho, lo es sólo del monoteísmo europeo de los siglos anteriores).

b) La concepción romántica, para la que las diversas religiones son como dialectos de la misma lengua, manifestaciones múltiples de la misma sed de lo divino. Se opone al racionalismo de la Ilustración y sintoniza con la idea oriental que quiere que cada religión sólo tome una parte del misterio que las sobrepasa a todas.

c) La concepción evolucionista, que piensa en un desarrollo progresivo desde la religión primitiva hasta el monoteísmo.

d) La concepción antievolucionista, ligada a veces a cierto tradicionalismo, que imagina una degradación de las religiones a partir de un monoteísmo original.

Para nosotros en cambio, los diversos tipos de religión, tengan o no el mismo origen, representan el más fiel, complementario y mejor preparado aliado con que cuenta el poder.

La religión impone una moral para controlar allí donde no llega el poder: la conducta interior. Los códigos religiosos de moralidad están basados en la obligación y posterior sanción. La vida es un camino largo lleno de peligros que conduce a la salvación, es decir, a una vida de ultratumba feliz y dichosa y, además y muy importante, eterna. Si se vencen los peligros (tentaciones) uno se salva. Si no se vencen (pecado) uno se condena. Pero existe una forma de pecar y salvarse: el arrepentimiento, que nos lleva al consiguiente perdón. Perdón que da la divinidad por medio de los sacerdotes. A tenor de esto decía Albert Camus: “Si existe Dios, ¿para qué los curas?”

Esta moral introduce dos conceptos de todo punto abominables: la culpa y el perdón. El hombre estará constantemente aquejado de culpa (pues casi todo es pecado) y continuamente hará méritos para agradar a la divinidad y ser perdonado. Los méritos serán siempre sugeridos por los sacerdotes, eternos mediadores entre Dios y los hombres, y administradores del perdón, que es en esencia el pasaporte para la salvación. El poder de los sacerdotes es notorio.

La Iglesia católica

Trataremos ahora de la religión que ha dominado nuestro país durante más de quince siglos, y lo domina todavía, proclamándose, como todas, la única y verdadera.

El cristianismo fue impulsado magistralmente por Pablo de Tarso. Al igual que el apóstol de Mahoma, Pablo fue al principio un perseguidor de cristianos, extraña secta hebrea que decía que el enviado para salvar a los hombres prometido por Yahvé, dios de los judíos, había aparecido ya.

El cristianismo toma como válida toda la mitología judía, basatante ecléctica, por cierto, pues al ser el territorio hebreo tierra de paso, se había nutrido con todas las fábulas religiosas orientales (babilónica, persa, siria, etc.). Partiendo de esa base religiosa, dicen que Dios ha enviado a ese hombre, su hijo, para salvarnos a todos, judíos y gentiles. Pero no nos salva de nada, sino que anuncia la nueva religión y dice que el que crea en ella se salvará, pero quien no crea…

Se trata de extender las técnicas de dominación de la religión judía, una de las más perfeccionadas, a todos los pueblos.

La historia de este Jesús-Cristo tiene dos versiones: la oficial y la histórica. Aunque esta segunda no es tal versión, puesto que si buscamos en las crónicas de la época la crucifixión de un tipo que hacía milagros y resucitó después de muerto, no encontraremos nada de nada. Si realmente hubiese existido un tipo así, aun en esa época en que no se había inventado todavía la prensa sensacionalista, algo se habría dicho de él en los libros.

Si, por el contrario, miramos la versión de sus seguidores, nos encontramos con una abundante literatura. Más de veinte evangelios (biografías) de este hombre han escrito sus seguidores; aunque la Iglesia sólo acepta cuatro como verdaderos: el resto son denominados apócrifos (dudosos).

Parece ser que en un principio los cristianos vivían en comunidad de bienes, pero siempre con jerarquías. Abolieron la esclavitud entre ellos porque no la necesitaban ya que ellos mismos eran esclavos al poner todo en manos de Dios. Este producir en común generó una riqueza un poco peligrosa para el poder constituido. Fueron perseguidos los cristianos en dos ocasiones por el Imperio romano (no tantas como es tradicional contar), pero llegó un momento en que el poder romano adoptó el cristianismo como religión oficial (y única, claro está). El cristianismo había conseguido su primera meta: la alianza con el poder temporal. Es entonces cuando surgen las disensiones y cismas en el seno de la Iglesia por diferencias en la interpretación de la doctrina o por ansia de poder en sus ministros.

Todo aquel que no siga los preceptos de la Iglesia será tachado de hereje, así como aquel que no se someta a su jerarquía. Esto, junto con la aplicación de la teoría de que todo poder viene de Dios, elevó a la Iglesia a su más alta cota: dominaba incluso sobre los monarcas.

El cristianismo se extendió con mucha rapidez, pues aunque desvalorizaba a las demás religiones, asimilaba sus mitos, e incluso sus ritos; ejemplos de esto son la adopción de la triada capitolina en forma de Dios-la Virgen-Jesucristo, o la introducción de los rezos, tomados de los mantras brahmánicos.

En el siglo XIII, y debido a la rápida extensión de una herejía por el sur de Francia (los cátaros), se crea la Inquisición, cuerpo judicial en materia religiosa que estará por encima de la justicia ordinaria e incluso por encima de los monarcas. Sobre la crueldad de la Inquisición no vamos a extendernos, para hablar de sus tormentos e implicaciones políticas necesitaríamos mucho tiempo. Baste decir que sólo entre ocho inquisidores españoles quemaron vivas a 31.912 personas, 17.659 en efigie y penitenciaron a 291.450, casi todas ellas a galeras. Sus interrogatorios se basaban en la tortura.

La Inquisición fue derogada en España el 4 de diciembre de 1808 por Napoleón. En 1814, Fernando VII, el “deseado”, el patriota, el de “vivan las caenas” restablece el tribunal de la Inquisición.

Obviemos las muchas descalificaciones flagrantes de la Iglesia para hablar de sus intentos de recuperar la credibilidad de la gente. Con el auge del socialismo, la clase obrera se empezó a dar cuenta de lo que representaba la Iglesia realmente. La religión católica interpreta entonces la Biblia de otra forma, se acuerda del rico Epulón y del pobre Lázaro, de lo de “mi reino no es de este mundo”, “más facil es que pase un camello por el ojo de una aguja, que un rico entre en el reino de los cielos”, San José “obrero”, etc. Todo esto toma cuerpo en la encíclica Rerum novarum (De las cosas nuevas), en donde se habla de santa pobreza, de la dignificación del trabajo, de sindicalismo. De esta forma la Iglesia juega con dos barajas: sigue aferrada al poder, a lo tradicional, pero por otra parte dice que está con los de abajo, con los pobres, los desheredados; claro que a éstos les dice: “no os preocupeis de vuestras desdichas, porque si sois buenos ireis al cielo”.

En los años veinte un cura italiano, Luigi Sturzo, funda la Democracia Cristiana, partido católico enfrentado al fascismo, que servirá de recambio político una vez derrocado Mussolini: los mismos curas que le apoyaron luego abominaron de él. El caso del papa Juan Pablo II es un ejemplo de la hipocresía católica: anima a la insurrección en Polonia y condena la de Centroamérica. Proclama el derecho a la vida frente al aborto y mantiene la pena de muerte en el Vaticano.

Conclusión

Después de esta breve panorámica sobre la religión, la conclusión flota en el ambiente: combatir contra la institución religiosa como instrumento de dominación que es y, además, ir contra el dogma que la sustenta, el llamado ser supremo, el fantasma divino. Hay que luchar contra todo esto, lucha que en España hace tiempo que se ha postergado. La Iglesia ha aprendido mucho en los últimos cuarenta años. Ya no hay anticlericalismo en la calle, no hay conciencia crítica en la clase obrera; el clero supo estar con el franquismo y, por otra parte, dejarnos las iglesias para asambleas obreras, e incluso algún cura de barrio estuvo en organizaciones marxistas; muchos de los dirigentes del Partido Socialista, ahora en el poder, son creyentes. El Partido Comunista, cuando era una organización potente, tuvo en su Comité Central a dos jesuitas.

Ante todo este marasmo ideológico hay que seguir poniendo en práctica el viejo lema anarquista: NI DIOS NI AMO, pues poder y religión están íntimamente ligados, y el ser humano no podrá ser verdaderamente libre hasta que no haga desaparecer a los dos. Para terminar, y como resumen de lo expuesto, quiero recordar estas estrofas de La Internacional:

Ni en dioses, reyes ni tribunos,

está el supremo salvador,

nosotros mismos realicemos

el esfuerzo redentor.

 

A. G.

Tomado de Tierra y Libertad. Nº  245.

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