“La historia me absolverá”

Publicado: thUTCp3035UTC09bFri, 11 Sep 2009 05:35:55 +0000UTC 28, 2008 en 533960

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La “Nueva Izquierda” y las perspectivas de la “Revolución” cubana.

El  26 de julio de 1953, un grupo de jóvenes cubanos, bajo el liderazgo de Fidel Castro, asaltó el cuartel Moncada en una tentativa por derrocar violentamente al tirano Fulgencio Batista. Habiendo fracasado el intento por la gran diferencia bélica entre esos cerca de 100 jóvenes y los militares atrincherados y bien armados en el cuartel, Fidel Castro fue hecho prisionero, lo mismo que la mayor parte de sus compañeros. En el juicio que les entablara la dictadura, Fidel Castro pronunció su autodefensa concluyendo tajantemente: “Condenadme, no importa. La Historia me absolverá”. Ese discurso tuvo, en Cuba, el valor de un programa y de una arenga a la organización para el combate, resumidos en el lema “LIBERTAD O MUERTE”. En torno al objetivo claro y concreto de derrocar a la dictadura militar batistiana y conquistar la libertad en su sentido global, y con una participación decisiva de los estudiantes, los jóvenes comenzaron a organizarse a pesar de que Fidel Castro y los principales combatientes estaban presos, organización que recaía sobre todo en luchadores urbanos como Frank Pais y los hermanos Santamaría. Aquí habría que resaltar que esa juventud estudiantil, obrera y campesina se organizó al margen del Partido Comunista Cubano, pues el burocratismo, reformismo y electoralismo de éste amputaba las perspectivas de un levantamiento, insurrección o guerrilla que, saltaba a la vista, eran los únicos métodos de poner fin a tantos años de oprobio y vesania.

Mientras tanto, aquí en el Perú y en el resto de América Latina, los pueblos y, sobre todo, la gente de sensibilidad de izquierda leía con avidez las noticias sobre los acontecimientos interesantes que pasaban no sólo en Cuba sino en otros países, como Bolivia o Guatemala, por ejemplo. Recuerdo que a mí personalmente, me impactó mucho la victoria rebelde en la batalla de Santa Clara (Cuba), en 1958 y en la que participó un médico joven casi desconocido en esa época, Ernesto Che Guevara. Nos estamos salteando varios años, pero en la extensión de este artículo no se pueden tratar todos los acontecimientos, sólo quiero decir que Fidel Castro y sus compañeros fueron liberados y deportados a México y que de allí, en diciembre de 1956, partió un grupo de 80 compañeros en el barco “Granma”, con la intención de invadir la isla por su costado Oriental y comenzar la guerra de guerrillas (de los 80 jóvenes sólo quedaron en vida 12 y esos 12, con el apoyo de la organización urbana, se multiplicaron hasta vencer al ejército dictatorial a comienzos de 1959).

Digo, pues, que la batalla de Santa Clara me impactó tanto que me hizo abandonar el dogma de que “sin un partido comunista fuerte e influyente, verdadera vanguardia del proletariado, no se puede ni soñar en realizar una revolución victoriosa”. En consecuencia, propuse que nuestra organización comunista de la época, llamada “Comité de Reestructuración del Partido Comunista Peruano”, cambiara de nombre y de objetivo (puesto que, además, no se podía “reestructurar nada” desde fuera del partido) y que, en lugar de perder el tiempo en esa lucha infructuosa nos dedicáramos a prepararnos y organizarnos para la lucha armada. Casi en el mismo instante, surgía el APRA Rebelde de Luis de la Puente Uceda, mientras que otros como Juan Pablo Chang, expulsado del Partido Comunista, visualizaban también el camino de la lucha armada guerrillera. En cuanto a mí, se produjo una marcha atrás en mi vida de militante, con otros jóvenes ingresamos al Partido cuando éste cambió de línea política y pasó a la oposición radical, pero, decepcionados del pacifismo y el electoralismo de los principales jerarcas del partido, volvimos a concebir la lucha armada a partir de 1962, pero ahora de un número más grande de personas. Pero tanto nosotros, como el Mir de de la Puente y el ELN de Chang fracasamos en 1965, aunque todos estos grupos dejaron una huella indeleble.

En cuanto a la revolución cubana o, más propiamente hablando, al gobierno cubano castrista, lo que ha pasado, según el compañero uruguayo Daniel Barret es que “La lógica del poder y de la guerra impregnó desde siempre la vida de la “revolución” y, contrariamente a lo que sostienen sus propias bases teóricas, la conducción histórica se dedicó obsesivamente más al control policial de las “fuerzas productivas” que a su desarrollo”. Esta dirección histórica, en lugar de ceder la plaza a los propios trabajadores obreros y campesinos que dice representar, transita como ya lo hacen los comunistas chinos y vietnamitas “el camino que ha transformado a los respectivos partidos comunistas en los agentes de la restauración capitalista. Queda también, por cierto, la exploración de una vía genuinamente socialista y libertaria, pero en ese terreno “los dirigentes civiles y militares cubanos sólo pueden repetirse a sí mismos y ya no tienen nada interesante para decir”. Sólo una revolución social a lo largo y ancho del Continente podría descongelar el proceso cubano y poner fin a la demagogia social nacionalista que pretende reemplazar el atractivo que significó el movimiento revolucionario cubano en el pasado. 

Víctor Fréjus.

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