¿Por qué aceptar la democracia?

Publicado: thUTCp3035UTC09bMon, 14 Sep 2009 14:35:22 +0000UTC 28, 2008 en 533960

insumisi

Del porqué defender la anarquía en vez de la democracia.

Constituciones, leyes y decretos rigen nuestra vida desde que nacemos. Supuestamente definen nuestras posibilidades y restricciones y nos fundan como parte del pacto social que en un origen, dicen, dio vida al Estado. Todas estas normas que controlan nuestra cotidianidad existen y se justifican, materializadas místicamente sobre el papel, en la posibilidad que tienen todos los participantes de la sociedad de definir la carta fundamental, así como sus leyes ejecutorias: es decir, la posibilidad de cambiar la constitución y de poder participar en la definición de las leyes que la reglamentan. A la organización de este sistema político es al que le llaman democracia.

Basta ver, con un poco de calma, que realizar esa posibilidad no sólo es un sofisma de distracción, sino una excusa que mantienen como discurso tanto la burocracia estatal como las clases dominantes que de vez en cuando logran utilizar tal democracia para materializar sus fines particulares.

Es un sofisma porque hace virtual la toma de decisiones: intermedia este ejercicio con los políticos profesionales que, gracias a la utilización de la maquinaria de los partidos, tienen mayor capacidad de ser elegidos. Esta maquinaria, resultado de la utilización de clientelismo y corrupción (esenciales en la acción política organizada en la democracia), se ha trabajado ya por tanto tiempo, que para quienes no están insertos en este juego de conseguir votos y armar efectivas campañas, resulta casi imposible acceder a los puestos de elección pública. Aquellos que por suerte o habilidad logran integrarse de forma independiente a estos puestos, caen normalmente en esa práctica de construir sus propias clientelas, iniciando con ello el nuevo ciclo propio del burócrata estatal.

Es un sofisma también porque la representación no significa participación sino cesión de la libertad para que otro decida cuál es la forma mejor en que debemos comportarnos socialmente. Cuando un representante resulta elegido, su programa normalmente no tiene retroalimentación con su base electoral, y aunque lograra recoger parte de las inquietudes de algunas personas, su cumplimiento estará atravesado por la capacidad de gestión, sumada a la conveniencia que para el resto del aparato burocrático tenga dictar ese tipo de leyes. Resulta inquietante además, aunque los representantes se muestren como los más izquierdistas-populistas-progresistas, cuando ya están en los cargos de poder éstos tienen como prioridad las agendas que les conviene como particulares, las de sus patrocinadores o las de sectores que logren hacer efectiva su influencia.

Lo más paradójico es que, aunque funcionara fielmente el sistema de representación, hay otra falacia que se construye y es: creer que lo que sirve o es relevante para una región o grupo de personas lo será para la totalidad de la población. Esto no es sino el delirio de la modernidad de dar soluciones generales a los problemas, sin tener en cuenta que muchas veces estos problemas son particulares, y que no siempre es necesario llegar a consensos totalizantes. Esta búsqueda arbitraria lo único que descubre es la ceguera de los poderosos, al no reconocer las diferencias locales, es decir: las particularidades en los intereses y en los deseos. La democracia resulta entonces problemática en la medida que autoritariamente define, en los órganos legislativos que la conforman, leyes que deben cumplir todos y todas independientemente si les sirven o las desean todos o todas. Esta dictadura de las mayorías -en el mejor de los casos- sólo es eso, una dictadura. En cuanto a la democracia como excusa para garantizar la reproducción de la burocracia estatal, habría que recordar que la organización de “la política” está basada en la lógica de los partidos políticos, cuyo objetivo de existencia precisamente es tener el control del Estado para promover su modelo de gobierno de acuerdo con sus preceptos ideológicos. Ello hace que esta profesionalización del ejercicio de la política sea el interés tanto de los partidos políticos como el de la burocracia estatal, esto es, la garantía de mantener siempre un sistema de supuesto acceso a los cargos públicos, en que realmente lo que se vive es la ubicación constante de los mismos burócratas, así sea en diferentes cargos. No importa cuán altruistas sean ellos, lo que quieren es una plaza.

En una misma vía, la democracia es la posibilidad que tienen diferentes sectores de utilizar la burocracia estatal, y su capacidad de reglamentar la vida social, con el fin de obtener beneficios bajo sus propios intereses. Esta es precisamente la posibilidad que aprovechan diferente sectores económicos para conseguir leyes que protejan o impulsen sus negocios; también es la realidad de muchos grupos sindicales que se articulan a partidos políticos sólo para obtener resultados favorables para sus afiliados, nunca discutiendo la esencia misma de la explotación sino buscando ablandar las consecuencias. No es de extrañar que en el mismo sentido recientemente grupos religiosos hagan carrera en la política para imponer cuestiones éticas por la vía de ley, lo que no han logrado con la persuasión. Y así podría seguir enumerándose, pero realmente lo fundamental es entender que el Estado es un aparato que, por medio de la vía democrática, permite que accedan a los lugares de toma de decisiones grupos que quieren garantizar definiciones para toda la sociedad, las cuales estén de acuerdo con sus intereses particulares.

Por último, es de recordar que tampoco es necesario que estos grupos sean directamente los que ganen los escaños; especialmente los grupos económicos funcionan más desde la financiación de campañas y la compra, literal, de los representantes para que cumplan con sus objetivos corporativos. Y tan importante como esto es la influencia personal que algunos pueden ejercer, por no decir más, cuando altos jerarcas de la iglesia mandan comunicaciones personales a políticos buscando garantizar su control moral.

El punto es que el Estado mediante la lógica democrática no garantiza ni siquiera su ideal que es favorecer a las mayorías, sino al contrario: es un sistema político que garantiza la acción corporativa de grupos, los cuales quieren hacer que el resto de la población siga sus normas. Y aunque lo garantizara hay una reflexión necesaria, que es la búsqueda angustiosa de los consensos y por lo tanto, la negación sistemática del disenso. Para qué son necesarias las constituciones y los aparatos legislativos nacionales, cuando muchas de las normas pueden consensuarse de forma local, pero además, cuando muchas más no son consensos reales sino imposiciones de algunos sectores o regiones que pretenden que así se comporte el resto. Esta visión unidimensional hace que la búsqueda de consensos nacionales límite la riqueza de las diferentes interpretaciones y universos de sentido que existen gracias a la esencia misma de diferencia de todos los seres humanos.

Ante esta lectura lo que muchos plantean como problema es que no se ha realizado en su cabalidad el proyecto democrático, y que la solución es la radicalización de la democracia. Muchos sectores críticos del actual estado de las cosas  recogen  esta postura, impulsando la idea de que no es que el sistema democrático sea malo, sino lo malo ha sido no aplicarlo en su cabalidad. El problema realmente es la Democracia, mas para no perder su credibilidad plantean que la realización ideal no se ha materializado. Esa es la cuestión, que la versión ideal es ideal, es decir inmaterializable; por lo tanto, la versión que conocemos es la que existe y no otra. Lamentablemente, para los románticos defensores de la democracia hay que afirmar que mientras  exista el Estado, la democracia radical –como la llaman–, es imposible. Un régimen de participación directa, que es al que aluden los que creen en la democracia radical, sólo es posible mediante el desmantelamiento de las organizaciones autoritarias que intermedian la acción social, y a esa forma de organización política y social, es a la que seguimos defendiendo con el nombre de anarquía, no como la democracia.

Bajo esta reflexión aparece una respuesta inmediata a la pregunta postulada como espina dorsal de este artículo: Aceptar la democracia es aceptar el autoritarismo del Estado, la intermediación en la acción social, el manoseo privado para beneficiar a pocos y la constitución de una sociedad unidimensional que no acepta la diferencia. No hay razón para seguir aceptando la democracia, hay que construir nuevas formas de organización política y social en las que se establezcan relaciones horizontales, solidarias y gestionadas comúnmente, autogestionadas por la comunidad.

Oscar Vargas

http://vargarquista.blogspot.com/2009/05/por-que-aceptar-la-democracia.html

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comentarios
  1. James dice:

    Me gustaria saber su opinion acerca del aceptar o no las leyes

  2. Humanidad dice:

    Las leyes impuestas por el poder benefician a quienes las redactan.

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