El origen del Estado

Publicado: thUTCp3051UTC09bMon, 14 Sep 2009 14:51:24 +0000UTC 28, 2008 en 533960

Anatole France

La propiedad y el derecho son imposiciones

[…] Pero una mañana de otoño, mientras el bienaventurado Mael paseaba por la orilla del Glange acompañado por un monje de su Abadía llamado Bulloch, vio pasar un tropel de hombres huraños cargados de piedras, y oyó gritos y lamentos que desde el fondo del valle turbaban el cielo tranquilo.

Entonces dijo a Bulloch:

— Observo con tristeza, hijo mío, que los habitantes de esta isla, desde que se han transformado en hombres, obran con menos prudencia que antes. Cuando pertenecían al reino de las aves sólo se querellaban en la época del celo, y al presente disputan a todas horas, en invierno como en verano. ¡Cuántos de ellos han perdido la tranquila majestad que, generalizada en la asamblea de los pingüinos, la hizo semejante al senado de una próspera república!

Mira, hijo mío, hacia el Surella. Precisamente en el fresco valle hay una docena de hombres pingüinos ocupados en reventarse los unos a los otros con palos y azadones que más les valiera emplear en los trabajos del campo. Más crueles aún que los hombres, las mujeres desgarran con sus uñas el rostro de enemigo. ¿Sabes por qué se destrozan?

— Por espíritu de asociación, padre mío, y asegurando el porvenir—respondió Bulloch.- El hombre es por esencia previsor y  sociable; tal es su carácter; no puede vivir sin una segura apropiación de las cosas. Esos pingüinos que veis, venerable maestro, se apropian las tierras.

— ¿No podrían apropiárselas menos violentamente?—preguntó el anciano. — Mientras pelean, se cruzan entre todos palabras que no entiendo, pero que, a juzgar por el tono, parecen insultantes y amenazadoras.

— Se acusan recíprocamente de robo y de usurpación- respondió Bulloch.– Tal es el sentido general de sus discursos.

En aquel momento, el santo varón Mael, cruzando las manos, lanzó un profundo suspiro:

— ¡No veis, hijo mío, aquel que, furioso, arranca con los dientes la nariz de su adversario, y ese otro que aplasta la cabeza de una mujer con una piedra enorme?

— Los veo —respondió Bulloch.— Están creando el derecho y fundan la propiedad; establecen los principios de la civilización, las bases sociales y los cimientos del Estado.

— ¿Cómo es posible? —preguntó el anciano Mael.

— Amojonan los campos; esto es el origen de toda organización social. Vuestros pingüinos, venerable maestro realizan augustas funciones. Su obra será consagrada al través de los siglos por los legisladores, protegida y confirmada por los magistrados.

Mientras el monje Bulloch pronunciaba estas palabras, un robusto pingüino de piel blanca y pelo rojo atravesaba el valle cargado con una enorme maza. Acercándose a un humilde pingüino, abrasado por el sol, que regaba sus lechugas, le gritó:

— ¡Tu campo es mío!

Y habiendo pronunciado estas palabras dominadoras, golpeó con la maza la cabeza del hortelano, el cual se desplomó sobre la tierra cultivada por sus afanes.

Entonces el santo varón Mael, tembloroso, lloró abundantes lágrimas. Y con la voz ahogada por el horror y el miedo, dirigió al cielo esta plegaria:

— Dios mío, Señor mío; tú que recibes los sacrificios de Abel, tú que maldices a Caín: venga, Señor, a este inocente pingüino inmolado en su huerta, y haz sentir al asesino el peso de tu brazo. ¿Habrá crimen más odioso ni más grave ofensa a tu justicia, Señor, que este asesinato y este robo?

— Cuidado, padre mío — dijo Bulloch suavemente, — pues lo que llamáis robo y asesinato es la guerra y la conquista, fundamentos sagrados de los imperios y causa de todas las virtudes y de todas las grandezas humanas. Reflexionad que vituperando al robusto pingüino, atacáis el origen y la raíz de toda propiedad. No me costaría mucho trabajo demostrarlo. Cultivar la tierra es una cosa y poseer la tierra es otra; no debe haber confusión entre ambas. En materia de propiedad, el derecho del primer ocupante es incierto e infundado; el derecho de conquista descansa en sólidos cimientos; es el único respetable porque es el único que se hace respetar. La propiedad tiene por único y glorioso origen la fuerza; principia y se conserva por la fuerza; en eso es augusta, y sólo cede a una fuerza mayor; por esto puede llamarse noble a todo el que posee, y ese pingüino rojo y forzudo, espachurrando al trabajador para quitarle su huerta, en este momento acaba de fundar una muy noble casa. Voy a felicitarle.

Después de hablar así, Bulloch se acercó al robusto pingüino, el cual, de pie junto al surco ensangrentado, se apoyaba en su maza.

Y habiéndose inclinado el monje casi hasta llegar con la cabeza al suelo, le dijo:

— Señor Greatauk, príncipe temido: vengo a rendiros homenaje corno fundador que sois de un poder legítimo y de una riqueza hereditaria. Sepultado en vuestro territorio, el cráneo del vil pingüino a quien derrotasteis arraigará para siempre los sagrados derechos de vuestra posteridad, sobre este suelo ennoblecido por vuestra conquista. Felices vuestros hijos y los hijos de vuestros hijos. Ellos serán Greatauk, duques de Skull y dominarán en la isla de Alca.

Luego, alzando más la voz y dirigiéndose al anciano Mael, dijo:

— Padre mío, bendecid a Greatauk, porque todo poder viene de Dios.

Mael quedó inmóvil y mudo con los ojos clavados en el cielo; producíale incertidumbre dolorosa la doctrina del monje Bulloch; y, sin embargo, esa doctrina debía prevalecer en la época de más elevada civilización. Bulloch pudo ser considerado como fundador del derecho civil en la Pingüinia.

 Anatole France. La isla de los pingüinos. Libro II, cap. 2.

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