La caridad y la mentira

Publicado: thUTCp3159UTC10bSun, 04 Oct 2009 04:59:10 +0000UTC 28, 2008 en 533960

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La encíclica Caridad en la verdad no aporta nada nuevo al tradicional magisterio social católico. El mérito del escrito de Benedicto XVI es sobre todo ordenar los conceptos contenidos y reestructurar de una forma teológica más rigurosa la implantación doctrinal de la que parte la Iglesia para difundir su propia enseñanza, a la luz del dictado evangélico.

La encíclica, ya desde el título, muestra la intención que guía la reflexión del Papa: la caridad, es decir, la atención a los demás que debe animar el esfuerzo social de los católicos, pero también la tensión política de la sociedad en su conjunto, que sólo tiene sentido si está iluminada por la verdad.

Un sentir solidario que no esté en conformidad con la verdad tiene el riesgo de deslizarse por el sentimentalismo, y de esta manera “el amor se convierte en un cuerpo vacío, que se puede llenar arbitrariamente. Es el riesgo fatal del amor en una cultura sin verdad”. La verdad impide que la caridad sea presa de una emotiva privación de contenidos y de una fe que mine la vocación universal. Por ello, una práctica de la caridad en la verdad no puede darse en un clima cultural de relativismo como el actual, puesto que “la adhesión a los valores del cristianismo es un elemento no sólo útil, sino indispensable para la construcción de una buena sociedad y de un verdadero desarrollo humano integral”.

La adhesión a los valores del cristianismo es una fórmula muy pesada: no se afirma la necesidad de ser cristiano, sino de compartir los verdaderos valores (que no pueden ser más que cristianos). Según Ratzinger, la nuestra es una sociedad que, por culpa primero del iluminismo, y después del socialismo, ha minado los valores cristianos, los únicos que permitían la práctica de la caridad, sustituyéndolos por contravalores hedonistas y materialistas que impiden la solidaridad social. En los países económicamente más desarrollados, tales concepciones han favorecido una “mentalidad antinatalista” y del desarrollo de un progreso científico que pone en peligro la dignidad humana. Para evitar la actual tendencia relativista, con su corolario de guerra, aborto e injusticia social, es necesario que las valoraciones morales y las investigaciones científicas se desarrollen juntas, animadas por la caridad y por la doctrina social de la Iglesia, la cual “consiente a la fe, a la teología, a la metafísica y a las ciencias encontrar su lugar en la colaboración al servicio del hombre”.

Aquí Ratzinger vuelve a un caballo de batalla, enormemente compartido y relanzado por otros: “la ampliación de nuestro concepto de razón y de su uso (…) indispensable para poder medir adecuadamente todos los términos de la cuestión del desarrollo y de la solución de los problemas económicos”.

El cuadro teórico en el que se puede llevar a cabo una caridad real está diseñado: afirmación de una moral absoluta y clerical, rechazo consecuente del relativismo moral, necesidad de una razón ampliada a la metafísica, defensa de los derechos sindicales (a menudo reducidos por los gobiernos por razones de utilidad económica) y del mercado (que debe ser regulado por la solidaridad y la confianza recíproca).

Entre otras cosas, el Papa propugna la práctica de la donación, para interrumpir el binomio mercado-Estado, que corroe la sociabilidad en detrimento de formas económicas solidarias. El pontífice subraya el hecho de que “el mercado de la gratuidad no existe y no se puede disponer por ley de relaciones gratuitas”; considera, no obstante, que “tanto el mercado como la política tienen necesidad de personas abiertas a la donación recíproca”.

Ratzinger reserva buenos propósitos también a la empresa, que no debe responder casi exclusivamente a los inversores, reduciendo de esta manera su propio valor social; pone en guardia ante la práctica de la deslocalización productiva, que “puede atenuar en el empresario el sentido de responsabilidad ante los interesados: trabajadores, proveedores, consumidores, medio ambiente… en provecho de los accionistas”. El Papa invita a que la gestión de la empresa no considere “solamente los intereses de los propietarios, sino que debe contemplar todos los sujetos que contribuyen a la vida de la empresa: los trabajadores, los clientes, los proveedores de los diferentes elementos de producción y la comunidad de referencia”.

Cierto es que incluso también el hecho de que la deslocalización “cuando comporta inversiones y formación, puede beneficiar a la población del país que la recibe”. ¿Cómo se resuelve entonces el problema? Especificando que “no es lícito deslocalizar sólo para gozar de particulares condiciones de favor, o peor, de explotación, sin aportar a la sociedad local una auténtica contribución para la creación de un sólido sistema productivo y social, factor imprescindible de desarrollo estable”.

En estas últimas consideraciones es posible notar cómo el Papa, una vez fuera del plano teórico, no es capaz de afrontar las cuestiones a través de soluciones que no se ofrezcan más que como buenos propósitos para inculcar en la conciencia de los patronos.

La donación, la inversión altruista o la deslocalización sólo por el bien de los demás, son fórmulas que oscilan entre lo patético y lo habitual, y que no ponen en discusión realmente el sistema de poder sobre el que se basa la economía internacional.

De hecho, no existe empresario por vocación que viva a base de donaciones. Incluso los empresarios “buenos”, que pagan los seguros sociales, no hacen más que distribuir, en parte, la deuda. La donación certifica únicamente la existencia de un excedente fruto del robo social, por lo que se debería hablar, si acaso, de restitución más que de generosidad.

La idea de que el sistema se pueda regular gracias a la caridad de los ricos a favor de los pobres no se basa sólo en un despiste teorético, sino que es fruto de la intención de la Iglesia de tener un papel reconocido en el ámbito de la concertación social. En cuanto a los sindicatos que gustan a Ratzinger, la Iglesia intenta afianzarse como estructura de mediación en los conflictos sociales, y sus esfuerzos se resumen en su tentativa de convencer, con buenas palabras, a los patronos para que sean menos egoístas y den algunas migajas de más para el sustento de los trabajadores. Lejos de afrontar el problema del valor del trabajo-mercancía, la Iglesia se limita a reafirmar la caridad de los fuertes, bendecida por el dictamen papal.

La paradoja reside en el hecho de que donde Ratzinger parece más progresista, precisamente donde resalta con habilidad los límites de un sistema necesariamente egoísta, demuestra también su más completa condescendencia con el capitalismo, con su mercado que, con la buena paz papal, no puede permitirse el lujo de tener alma.

Más allá de la fastidiosa lista de las cosas que no van bien, más allá de resolverse todas con la buena conciencia cristiana del capitalista o, al límite, con la mediación socialmente de un sindicalismo lacayuno por definición, sólo queda la evidente situación de compromiso con una Iglesia que desde siempre ha estado alineada con el poder, desde siempre es el poder, en su acepción más axiomática y sacra.

Por este motivo, la caridad en la verdad es una fórmula que, lejos de procurar ventajas a los explotados, está dirigida sólo a sacralizar todavía más las estructuras de poder procedentes, como toda autoridad, de Dios.

Tras las palabras solidarias e inocuas ante los trabajadores, se esconde, cada vez menos enmascarado, un ataque frontal a la razón moderna, que con esfuerzo se ha liberado del rollo metafísico; la verdadera intención del magisterio eclesiástico es, una vez más, alargar la razón, es decir, “dilatar la razón”.

La necesidad de hacer a la razón humana capaz de mirar el plano de la realidad sin recurrir a supersticiones ni a dogmas ni a la metafísica teológica y filosófica, nace de la intención de desenmascarar cuanto, tras las promesas de ilusorios paraísos, encierra la voluntad por parte del poder de dominar, de mantener la división clasista de la sociedad. El límite de la razón pura y la experiencia -como sostenía Kant- y el rechazo de la objetividad de la metafísica no tiene nada que hacer sólo con una exigencia filosófica, no es una necesidad intelectual, sino que se manifiesta como un paso necesario para desplazar la moral monolítica a través de la que el conciliábulo Iglesia-Estado ha convertido en intocable el dominio de los patronos.

La reflexión que el movimiento revolucionario ha llevado adelante ha estado siempre dirigida a mostrar cómo la superstición religiosa, con su caridad pragmática y el paraíso como premio para los explotados, es una componente teórico-práctica ineludible para la buena salud del sistema de explotación del hombre sobre el hombre. La razón humana, una vez forzado el límite de la experiencia, debe inclinarse no sólo al catolicismo, sino también a todas las formas mágicas y sagradas que sirven de fermento psicológico y cultural para el más sofisticado delirio religioso.

Una vez dilatada la razón, ¿por qué motivo el cristianismo debe pretender ser tomado en consideración por encima de las otras religiones monoteístas u orientales? ¿Por qué no dar espacio también a la magia blanca o negra, o a las sectas religiosas de todo tipo? La invitación a la apertura de la razón, que los católicos consideran reservada exclusivamente a una nueva irrupción del magisterio de la Iglesia en el debate científico contemporáneo, debe ser denunciada como intento por parte de la sinrazón del poder de intoxicar la posibilidad de una lectura laica de la realidad. De hecho, sólo una mirada laica puede analizar de manera lúcida las dinámicas sociales, sin forzarlas hacia las narraciones acientíficas de las religiones cristianas.

La posibilidad de una lectura equilibrada de la sociedad actual preserva del desequilibrio teórico y de la creación de imágenes esquizoides de la sociedad, donde todavía pueden anidar patronos disfrazados de benefactores, y sacerdotes que cristianamente bendigan la obra caritativa para después sentarse a la mesa.

La razón laica de los revolucionarios puede desmontar el paternalismo de Benedicto XVI y la moral absoluta de sus secuaces, para revalidar una vez más que la emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos, libres de supersticiones religiosas y de absolutismos políticos. O no será.

Paolo Iervese

Umanità nova

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comentarios
  1. Arturo Ruiz dice:

    Es increíble que una institución que ha sido cupable de los mayores crímenes o que los ha inspirado -recordemos dónde nace el antisemitismo -que es la defensora de los más recalcitrantes prejuicios reclame para sí aún un lugar de privilegio en la sociedad humana. La superstición religiosa debe acabar ya. Esta institución no resiste análisis.

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