De la persona de Jesús

Publicado: thUTCp3150UTC12bThu, 24 Dec 2009 03:50:20 +0000UTC 28, 2008 en 533960

Nació Jesús en un tiempo en que dominaba todavía el fanatismo, pero en el que había un poco más de decencia que en el que hemos historiado al hablar del Antiguo Testamento.

La larga convivencia con los griegos y con los romanos, había suavizado y ennoblecido un tanto las costumbres groseras de los judíos principales. Pero el populacho, inculto e incorregible, conservaba sus hábitos zafios y sus inclinaciones brutales.

Al verse oprimidos por los reyes de Asiria y por los romanos, dieron algunos judíos en imaginar que su Dios les enviaría al fin un libertador, un Mesías.

Herodes parecía haber realizado esta explicable aspiración. Era soberano de los judíos y se había aliado a los romanos; había reconstruido el templo, cuyo mérito excedía en mucho al de Salomón, puesto que había tenido que rellenar un gran foso, sobre el cual se levantaba el nuevo edificio. No gemía ya el pueblo bajo una dominación extranjera, y sólo pagaba impuestos a su monarca; el culto judío florecía y se respetaban las antiguas leyes; Jerusalén, preciso es confesarlo, vivía los tiempos de su mayor esplendor.

La ociosidad y la superstición dieron  nacimiento a varias facciones o sociedades religiosas: saduceos, fariseos, esenianos, judaístas, terapeutas, juanistas, o discípulos de Juan. Algo análogo hemos visto en nuestro tiempo y en nuestro país, en el que los papistas se han dividido en jacobinos, molinistas, jansenistas y cordeliers.

Pero ya nadie hablaba en Judea de la necesidad angustiosa de un Mesías. Ni Flavio Josefo, ni Filón, que han historiado muchos pormenores insignificantes de la vida judía, dicen que se esperase la llegada de un consagrado, un cristo, un libertador, un redentor, cuya necesidad no se sentía. Los que habían anhelado esta liberación, la creían conseguida con Herodes. Y, en efecto, había una secta, un partido, que se llamó de los herodianos y que consideraba a Herodes como el enviado de Dios.

Esta secta de los herodianos duró poco. El título de enviado de Dios lo daban indiferentemente los judíos a cuantos les procuraban beneficios. Los judíos de Roma celebraron la fiesta de Herodes hasta el reino de Nerón.

El pueblo judío había denominado siempre consagrado, mesías, cristo, al que le había hecho algún beneficio; lo mismo a sus pontífices que a los príncipes extranjeros. El judío que recopiló los delirios de Isaías, le hace decir, con adulación muy propia de un judío esclavo: “Así habló el Eterno a Ciro, su enviado, su ungido, su mesías, del que ha tomado la mano derecha para destruir las naciones”. El cuarto libro de los Reyes, llama al indigno Jehú, consagrado Mesías. Un profeta anuncia a Hazael, rey de Damasco, que es el Mesías, el ungido del Altísimo. Ezequiel dice al rey de Tiro: “Eres un querubín, un consagrado, un mesías, el sello de la semejanza con Dios”. Si este rey de Tiro hubiera sabido que se le daban estos títulos en Judea, le hubiese sido fácil hacerse pasar por un dios, .a lo que tenía un derecho aparente, en el supuesto de que Ezequiel hablara por inspiración divina.

No dijeron tanto de Jesús los evangelistas.

Lo cierto es que ningún judío esperaba, quería ni anunciaba la llegada de un ungido, un consagrado, un mesías, en los tiempos de Herodes el Grande, en los que se dice que nació Jesús.

Cuando, muerto Herodes el Grande, fue la Judea convertida en provincia romana y regida por otro Herodes, al que hicieron los romanos tetrarca del insignificante y bárbaro cantón de Galilea, algunos fanáticos se dedicaron a predicar al populacho, especialmente a los galileos, los más incultos y groseros del populacho judío.

De un modo análogo el campesino Fox, pobre e inculto, ha establecido en nuestros tiempos la secta de los cuáqueros, en una provincia de Inglaterra. Un cardador de lana llamado Juan Leclerc, estableció en Francia la primera iglesia calvinista. Miinzer, Juan Leyde y otros, fundaron el anabaptismo, reclutando fácilmente adeptos en el pueblo de Alemania.

Yo he visto en Francia a los convulsos instituir una secta entre la canalla de uno de los distritos de París. Todos los sectarios comienzan del mismo modo. Los más, son desarrapado s que se levantan airados contra el Gobierno, y que acaban por hacerse jefes de partido, o en la horca.

Jesús fue ajusticiado en Jerusalén, sin haber sido consagrado. Antes que él había sido ya ajusticiado Juan el Bautista. Los dos dejaron algunos discípulos entre el populacho. Los de Juan se establecieron en la Arabia, donde continúan. Los de Jesús vivieron durante algún tiempo ocultos e ignorantes; pero después que se unieron a algunos griegos, empezaron a ser conocidos.

En los tiempos de Tiberio” extremaron los judíos sus bellaquerías ordinarias. Una de sus fecharías fue seducir y robar a Fulvia, mujer de Saturnino. Se les expulsó de Roma, a donde no se les consintió volver sino después de hacer muchas promesas de enmienda y de dar mucho dinero. En los tiempos de Calígula y de Claudio, volvieron a sufrir duros castigos.

Los desastres de los israelitas enardecieron a los pocos galileos que formaban la nueva secta, a separarse resueltamente de la comunión judía. Luego encontraron algunos hombres algo ilustrados que se pusieron a su cabeza y que escribieron en su favor contra los judíos. Entonces se produjo una cantidad enorme de evangelios, palabra griega que significa buena nueva. En cada uno se refería una Vida de Jesús; no había entre ellos concordancia, pero en todos se relataban muchos prodigios inverosímiles, que se atribuían al enviado, al fundador de la secta.

Al darse cuenta la sinagoga de que nacía una nueva secta, redactó a su vez una Vida de Jesús, muy injuriosa; el sanhedrín y la nación empezaban a preocuparse de aquel hombre que hasta entonces había despreciado.

Ha llegado hasta nosotros una mala obra de aquel tiempo, intitulada Sepher Toldos Jeschut. Se cree que fue escrita algunos años después de la muerte de Jesús, en los mismos días en que se redactaban los Evangelios. Este libro refiere también prodigios, como todos los libros judíos y cristianos, pero es preciso reconocer que, aun siendo infantil y extravagante, contiene cosas más verosímiles que los Evangelios.

Se afirma en el Toldos Jeschut, que Jesús era hijo de una mujer llamada Mirja, casada en Belén con un buen hombre denominado Jocanam. Era vecino del matrimonio un soldado llamado José Panther, corpulento y de agraciadas facciones, quien se enamoró de Mirja o María (los hebreos no pronuncian claramente las vocales, y en boca de muchos suena la i como la a).

Mirja quedó encinta de Panther; Jocanam, avergonzado y triste, salió de Belén y fue a ocultar su vergüenza a Babilonia, donde había aún muchos judíos. Se hizo pública la deshonra de Mirja, y su hijo Jesús o Jeschut fue declarado bastardo por los jueces de la ciudad. Cuando estuvo en edad de asistir a la escuela pública, se colocó indebidamente entre los hijos legítimos. Se le hizo cambiar de puesto, y de aquí nació la animosidad que siempre tuvo Jesús contra los sacerdotes, a los que prodigó las más atroces injurias. Cuestiones de interés y discrepancia en puntos de doctrina, le enemistaron con el judío Judas, quien lo denunció al sanhedrín. Al ser detenido, tuvo miedo, y, llorando, suplicó perdón. No se apiadaron los jueces y fue azotado, lapidado y crucificado.

Esta es la síntesis de este libro, que contiene además, fábulas insípidas, milagros impertinentes, que le restan interés y valor. Puede afirmarse que esta obra era conocida en el siglo segundo: Celso la cita; Orígenes la refuta. A nosotros ha llegado muy desfigurada.

La historia que yo he extractado, es más verosímil, más natural, más conforme con lo que se ve todos los días, que lo que se cuenta en los cincuenta Evangelios de los cristícolas. Es más admisible que el soldado José Panther le hiciese un hijo a Mirja, que creer que descendiera de las alturas un ángel para saludar, de parte de Dios, a la mujer de un carpintero, como se cuenta de Júpiter, quien envió a Mercurio a rendir .sus homenajes a Akmena.

Cuanto se nos refiere de Jesús, es digno del Antiguo Testamento y de Bedlam – célebre manicomio cercano a Londres-  Se hace descender no sé qué agion pneuma, un santo soplo, un Espíritu Santo, del que jamás se había oído hablar, y del que luego se hace la tercera parte de Dios, Dios mismo, Dios creador del mundo. Hace madre a María, lo que ha dado ocasión al jesuita Sánchez para examinar, en su Suma teológica, si Dios tuvo mucho placer con María, si vertió semen y si María tuvo también un derrame.

Resulta ser Jesús hijo de Dios y de una judía; no es el mismo Dios, sino un semidiós, una criatura superior. Hace milagros. El primero consiste en hacerse llevar por el demonio a la cumbre de una montaña de Judea desde la que se descubren todos los reinos de la tierra. Cambia el agua en vino en una boda donde todos los convidados habían ya bebido hasta embriagarse. (En el texto hebreo hay una palabra que equivale a borrachera; la Vulgata, en el cap. II. v. 10, dice inebriati, ebrios. San Crisóstomo, boca de oro, asegura que jamás se ha bebido un vino igual, y algunos Padres de la iglesia han pretendido que este vino significaba la sangre de Jesucristo en la Eucaristía. ¡Oh, locura de la superstición, en qué abismos de extravagancias nos ha arrojado!).

Cena con mujeres de vida alegre y con los recaudadores de tributos; y, sin embargo, se afirma en su historia que mira a estos recaudadores, a estos publicanos como hombres abominables. Entra en el templo, en el lugar destinado a los sacerdotes, en el patio donde modestos mercaderes estaban autorizados por la ley para vender pollos, palomos y corderos para los sacrificios. Toma un látigo y arremete contra los mercaderes, echándo1os del templo y arrojando al suelo sus mercancías y el dinero que ya habían recaudado. Aquí sí que hacía falta un milagro para convencemos de que tenía Jesús el derecho de producir tanto escándalo en lugar tan respetable.

Ya equivale a un buen milagro que treinta y cuatro mercaderes judíos se dejen golpear por un sólo hombre, y que pierdan su dinero sin revolverse. En el libro que refiere las aventuras de Don Quijote, no hay nada que se asemeje a esta extravagancia.

Jesús no hace el milagro de justificar su conducta, pero hace, en cambio, esta proposición atrevida: Destruid este templo y yo lo reedificaré en tres días. San Juan dice que los judíos replicaron: ¿Cómo reedificarás en sólo tres días un templo que se ha edificado en cuarenta y seis años?

No es cierto que Herodes empleara cuarenta y seis años en edificar el templo de Jerusalén; no podían, por consiguiente los judíos replicar a Jesús con una mentira. Esto prueba -digámoslo de pasada- que han escrito los Evangelios gentes que no sabían nada de nada.

Todos estos milagros parecen hechos por charlatanes de feria. Toland y Woollston los han tratado como merecían.

Los evangelistas nos presentan a Jesús predicando por los pueblos. Y en verdad que no son dignos de un Dios los discursos que ponen en su boca. Una vez compara al reino de los cielos a un grano de mostaza, a un poco de levadura puesta en tres medidas de harina, a una caña con la que se pescan peces buenos y peces malos, a un rey que ha dado muerte a sus aves de corral para servirlas en la boda de su hijo y que envía a sus criados a invitar a los vecinos a esta boda. Los vecinos dan muerte a los que van a invitarles a cenar; el rey mata a su vez a los matadores y les destruye las ciudades; y, a falta de la gente de categoría que debía asistir a la boda del príncipe, ordena el rey que se le lleven, como invitados, a todos los perdularios que vagabundeen por los caminos. Descubre el rey entre los convidados a un miserable que no tenía vestido y, en lugar de proporcionarle uno, le hace encerrar en un calabozo. Esto viene a ser el reino de Dios, según Mateo.

En otros relatos, el reino de los cielos se compara a un usurero que exige el ciento por ciento de beneficios. ¿Qué fin tiene la historia de Jesús? El mismo que la de todos los que han querido soliviantar al populacho, sin la suficiente habilidad para hacerse un partido numeroso y fuerte. Jesús murió ajusticiado. Se le ejecutó públicamente, pero resucitó en secreto. Inmediatamente subió al cielo, en presencia de ochenta discípulos. El espectáculo era exclusivamente para ellos, y ningún otro vecino de Judea vio a Jesús subir a las nubes. Fue una verdadera lástima, porque, siendo el hecho poco frecuente, hubiese producido mucha impresión.

Nuestro símbolo, llamado Credo por los papistas –símbolo atribuido a los apóstoles y fabricado evidentemente cuatrocientos años después de los apóstoles- nos enseña que antes de ascender al cielo, se dio Jesús una vuelta por los infiernos. Notemos que de esta excursión no se dice una sola palabra en los Evangelios, a pesar de lo cual es uno de los principales artículos de fe de los cristícolas; no es cristiano quien no crea, como si lo hubiese visto, que Jesús bajó a los infiernos.

¿Quién ha imaginado este viaje? El primero que nos habla de él es Atanasio, trescientos cincuenta años después de muerto Jesús. En su tratado contra Apolinario, sobre la encarnación del Señor, afirma que el alma de Jesús descendió al infierno, quedándose su cuerpo en el sepulcro. Estas palabras son dignas de atención y nos hacen ver con cuánta sagacidad y cuánta sabiduría razonaba Atanasio. Copiaré sus mismas palabras:

“Era preciso que después de su muerte, sus partes esencialmente diversas desempeñaran diversas funciones; que su cuerpo reposara en el sepulcro, para destruir la corrupción, y que su alma bajara a los infiernos, para vencer la muerte”.

El africano Agustín, opina como Atanasio en una carta escrita a Evodo: Quis ergo nisi infidelis negaverit fuisse apud inferos Christum?

Jerónimo, su contemporáneo, mantuvo el mismo criterio, y todo hace sospechar que en los tiempos de Agustín y de Jerónimo se compuso este símbolo, este Credo, que los ignorantes toman por el símbolo de los apóstoles.

Así se establecen las opiniones, las creencias, las sectas. Pero ¿cómo se han acreditado estas patrañas? ¿Cómo han reemplazado a las patrañas de los griegos y de los romanos?, ¿cómo han podido causar tantos males, tantas guerras civiles, encender tantas hogueras y hacer correr tanta sangre?

Voltaire. Fragmento de La tumba del fanatismo o examen importante de Milord Bolingbroke (1767).

Baja aquí la versión completa: Voltaire – La tumba del fanatismo

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