La inmaculada concepción

Publicado: thUTCp3151UTC12bFri, 25 Dec 2009 01:51:54 +0000UTC 28, 2008 en 533960

Al pasar de las corridas de toros a la Inmaculada no verificamos una transición muy violenta, desde que fiereza y superstición caminan juntas. No todo hombre cruel vive sumergido en las supersticiones; mas, por regla general, todo fanático se halla predispuesto a la injusticia: cuando el entendimiento se nubla con el fanatismo, el corazón se endurece con la crueldad.

Nada más grotesco ni más opuesto a la enseñanza de Jesús que el dogma de la Inmaculada Concepción de María: este dogma y algunas otras supersticiones y ceremonias del ritual romano constituyen el Cristianismo inferior. Los pueblos que lo aceptan y glorifican se hallan en un estado sicológico no muy distante del revelado por las tribus fetichistas de Africa.

La Inmaculada Concepción se debe a Pío IX, célebre no sólo por la definición de ese dogma y el de la infalibilidad pontificia, sino por haber elaborado el Syllabus en colaboración del Espíritu Santo con ayuda de los jesuitas y por haber introducido en Roma soldados franceses investidos con la santa misión de ametrallar a los garibaldinos. De todos los pontífices florecidos desde la Reforma, ninguno causó mayores daños al Catolicismo: probó que la Iglesia no había salido de la Edad Media. En un momento de soberbia católica llegó a decir que él solo representaba…”[1].

En los Evangelios de Marcos y Juan no se refiere nada sobre la concepción milagrosa de María, como no se dice una sola palabra sobre la remota ascendencia de Jesús con el fin de emparentarle con David. Sin embargo, el libro que lleva el nombre de Marcos pasa por el más antiguo de los Evangelios sinópticos y el más conforme con las tradiciones de los primeros discípulos. En cuanto al libro de Juan, los católicos le estiman la obra de un hombre que vivió en unión íntima con Jesús y se tuvo por el discípulo más amado del Maestro, que mucho conoció a María y la recogió en su casa después de consumada la tragedia del Calvario. ¿Cómo se explica que en un hecho de tanta gravedad guarden silencio ambos evangelistas? Cierto, Lucas y Mateo hablan de la “concepción milagrosa”; pero incurren en tales contradicciones y puerilidades que para creerles o tomarles a lo serio se necesita el celestial auxilio de la Fe.

Mas aunque la concepción se hubiera realizado milagrosamente (gracias a que el Espíritu Santo en forma de palomo había procedido como Júpiter metamorfoseado en cisne) no hallamos razón para deducir la perpetua virginidad de María. Lucas dice: Y parió a su hijo primogénito (II, 7); Mateo, después de referir las naturales dudas de José para aceptar el milagro: Y no la conoció hasta que parió a su hijo primogénito (I, 25). Conocer se traduce en este lugar por unirse carnalmente; primogénito supone otros hijos. El Espíritu Santo, mudable como Júpiter y menos absorbente o celoso que los hombres, se satisfizo con disfrutar las primicias y dejó al buen José en el goce tranquilo de su esposa. Y no hizo mal: ¿qué habría sucedido si el Espíritu Santo, en vez de contentarse con engendrar un Dios hubiera engendrado una docena?

Los cuatro Evangelios concuerdan en un hecho: que Jesús tuvo hermanos uterinos. Juan: Después de esto descendió a Cafarnaum, él, y su madre, y sus hermanos, y estuvieron allí no muchos días (II, 12). Y decían: ¿No es éste Jesús, el hijo de José, cuyo padre y madre nosotros conocemos? (VI, 42). Dijéronle pues sus hermanos: Pásale de aquí, y vele a Judea, para que también tus discípulos vean las obras que haces (VII, 3). Porque ni aun sus hermanos creían en él (VII, 5). (“Incredulidad digna de notarse -arguye Peyrat- porque si el nacimiento de Jesús hubiera sido señalado, como lo dicen Mateo y Lucas, con prodigios patentes, sus hermanos no lo habrían ignorado”).[2] Mas como sus hermanos hubieron silbado, entonces él también subió a la fiesta… (VII, 10). Dícele Jesús (a María Magdalena): No me toques: porque aún no he subido a mi Padre, mas ve a mis hermanos y diles: Subo a mi Padre, y a vuestro Padre, y a mi Dios, y a vuestro Dios (XX, 17).

Lucas: Entonces vinieron a él su madre y hermanos, y no podían llegar a él por causa de la multitud. Y le fue dado aviso diciendo: Tu madre y tus hermanos están fuera, que quieren verte. El entonces respondiendo, les dijo: Mi madre y mis hermanos son los que oyen la palabra de Dios, y la hacen (VIII, 19, 20, 21).

Marcos y Mateo dan los nombres de esos hermanos y se refieren también a las hermanas, pero sin nombrarlas: ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María; y sus hermanos, Santiago, y José y Simón, y judas? ¿Y no están todas sus hermanas entre nosotros? (Mateo, XIII, 55, 56). Marcos dice casi lo mismo (VI, 3). Sólo de Santiago, conocido en la primitiva Iglesia por “el hermano del Señor”, quedan algunas noticias trasmitidas por el historiador Hegesipo. Santo desde su nacimiento, Santiago no bebió licores, no comió carne, no se cortó el cabello ni se bañó nunca, llevando su piedad al extremo que por mucho arrodillarse llegó a tener “callosas las rodillas como las de un camello”.[3]

Acorde con lo aseverado por los cuatro evengelios canónicos, dicen Los Actos de los Apóstoles: Todos éstos perseveraban unánimes en oración y ruego con las mujeres, y con María la madre de Jesús, y con sus hermanos. (1, 14).

Mas respecto a los parientes consanguíneos de Jesús pasa algo muy curioso: cuando en un solo versículo de la Biblia se asegura que dos individuos son hermanos, todos lo aceptan; pero cuando al tratarse de Jesús se afirma en muchos pasajes que tuvo hermanos, entonces se emplea circunloquios, se desfigura los textos, se recurre al subterfugio de traducir “hermanos” por “primos carnales”. Si conforme al Nuevo Testamento, a escritos de algunos Santos Padres y de autores profanos, Jesús tuvo hermanos, la virginidad de María y su concepción por obra del Espíritu Santo quedan reducidas a una simple leyenda sin el mérito de la novedad.

En la relación de Marcos, María representa un papel tan secundario y oscuro, mejor dicho tan insignificante, que no figura en la entrada a Jerusalem, en la pasión, en el Gólgota, en el sepulcro ni en la resurrección.[4] ¿Qué madre es ésta que no se interesa por la suerte de su hijo? ¿Qué hijo éste, que piensa en todos menos en su madre? Una sola vez entra María en escena para verse rechazada por Jesús con una dureza que hiela el corazón: Y la multitud estaba sentada alrededor de él, y le dijeron: He aquí, tu madre y tus hermanos te buscan fuera. Y él les respondió, diciendo: ¿Quién es mi madre, y mis hermanos? Y mirando al derredor a los que estaban sentados en derredor de él, dijo: He aquí mi madre, y mis hermanos (III, 32, 33, 34). Mateo refiere la escena en los mismos términos que Marcos (XII, 46, 47, 48, 49). En Juan leemos lo ocurrido en Caná de Galilca en una boda donde estaba la madre de Jesús: Y faltando el vino, la madre de Jesús le dijo: No tienen vino. Y le dice Jesús: ¿Qué tengo yo que ver contigo, mujer? aún no ha venido mi hora (II, 3, 4). Tales contestaciones revelan que los sentimientos de familia no dominaban en el alma de Jesús.[5] Como su madre y sus hermanos le juzgaban loco, solía repetir con inefable amargura: No hay profeta sin honra, sino en su tierra, y en su casa (Mateo, XIII9 57). No hay profeta deshonrado sitio en su tierra, y entre sus parientes, y en su casa (Marcos, VI, 4).

Ahora bien: si María no ignoraba que Jesús fuera hijo de Dios ¿por qué le trataba de loco y no tenía fe en la divinidad de su misión? Y si Jesús sabía que su madre era esposa del Espíritu Santo ¿por qué la miraba con tanto desprecio.[6]

1. Inconcluso en el manuscrito. Un extenso fragmento parece haber sido desglosado aquí por el autor. Al margen está apuntada la siguiente cita: “Le nom de Marie, quoique cité plus d’une fois dans les récits évangéliques, resta longtemps dans l’ombre; on parle de la naissance miraculeuse du Christ, c’était une preuve de sa mission divine; on s’occupe fort peu, ou, pour mieux dire, pas du tout de sa mère. Ce n’est que quand les pratiques ascétiques se glissent dans le Christianisme, quand on se met a l’exemple des ascètes de l’Egypte et de l’Asie à attacher une valeur morale à la virginité, que le nom de Marie reparaît avec éclat, et depuis ce moment grandit sans cesse”. (Michel Nicolas. Etudes sur les Evangiles apocrypiws. Paris, Michel Lévy, 1866; pág. 277). (A.G.P.).

2. Alplionse Peyrat, Histoire élémeritaire et critique de Jésus. Paris, Michel Lévy, 1864; pág. 72.

3. Jules Soury, Jésus et les Evangiles. París, Charpentier, 1878; pág. 57.

4. Nota marginal del autor: Al resucitar Jesús, se aparece a María Magdalena, a sus discípulos; no a su madre.

5. Nota marginal del autor: Dice Lucas: Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos y hermanas, y aun también su vida, no puede ser mi díscipulo (XIV, 26).

6. El manuscrito se interrumpe aquí bruscamente. Varios papeles sueltos cubiertos de apuntes y de citas del Nuevo Testamento, prueban que el autor tuvo el propósito de continuar este ensayo inconcluso; pero no llegó a dar forma más o menos definitiva sino a los fragmentos que publicamos. (A.G.P.).

Extraído de Propaganda y ataque (1939)

Manuel González Prada

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